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Se acabó El Tiempo.

 

Como le dijo Lorca a Julián en otro final de temporada “tienes carita de adiós”. Esta es la cara que se nos quedó a los ministéricos anoche. Si bien es cierto que es el final de temporada más flexible de las tres, tiene el tono del cierre definitivo de las puertas del Ministerio del Tiempo. Hasta el propio Salvador Martí en el capítulo de ayer se aseguró de que no hubiera más futuro que su presente.

Que hablamos de la serie más maltratada por RTVE de los últimos años, no es caer en especulaciones, sino en un claro ejercicio de precisión objetiva a la que se han referido cientos de noticias, artículos o entrevistas sobre la serie. Incluso se podría hablar de un extraño caso de auto-contraprogramación por parte del canal público, que a pesar de haber apostado por un producto complejo, disfruta malhiriendo su propia inversión.

Dejando a un lado esta dudosa estrategia de programación, que daría para varios artículos analizando la cronología de desdenes, la serie ha cosechado más de 50 premios nacionales e internacionales. Buena prueba de este éxito es que durante cada emisión se convierte en TT nacional. En el caso de ayer el hashtag #Mdt3Final no sólo se mantuvo líder en este termómetro social durante casi 10 horas, sino que volvió a alcanzar el TT mundial, algo de lo que ningún primetime pudo disfrutar anoche.

El producto de los hermanos Olivares ha puesto en evidencia la obsoleta fórmula televisiva de este país, ajeno a la modernidad (como tantas veces hemos escuchado en la historia de España). A pesar de la confianza que RTVE depositó en el producto, esta cadena no ha sabido estar a la altura del fenómeno que tenía entre manos. Cualquier ministérico reconocerá que la serie sobrepasa ampliamente la experiencia televisiva tradicional que empieza con sentarse en el sofá y termina con apagar la TV e ir dormir. No sólo en referencia al sistema de medición de audiencia que data del siglo pasado, que no es capaz de medir el impacto de ser TT mundial con un 7,1% de share, sino también cómo puede hacer frente la televisión pública española a un fenómeno fan que exige más de lo que le ofrece la cadena.

Como he dicho, el traje televisivo le queda corto a El Ministerio del Tiempo. Este traje no cubre el uso docente que el profesorado de este país hace de la serie, ya sea con el visionado de los capítulos en clases de Historia o Literatura, en forma de unidad didáctica, actividades de investigación por parte del alumnado, o incluso, como propuestas para Trabajos de Fin de Máster que llevan al alumnado a convertirse en esporádicos agentes del ministerio, con el único fin de solidificar los áridos conocimientos que la clase magistral no es capaz.

Como docente de Historia, Geografía e Historia del Arte, admiro el renovado soplo de interés que despierta cada capítulo por la Historia de España, no lo digo yo, lo dicen los picos de búsqueda que google experimenta de los elementos tratados en cada capítulo. De no ser así, cómo se explica que rápidamente se disparen las búsquedas sobre el olvidado libro de Gómez de Arteche Un soldado español de veinte siglos. Relación verídica (1874). La serie, a pesar de ya no contar con los “archivos de El Ministerio de el Tiempo”, se ha convertido en un actualizado y flexible recurso didáctico para el actual alumnado sobreestimulado, más cercano al lenguaje audiovisual que saben descifrar.

Un listado gigantesco de profesiones denostadas por derivarse de las humanidades se dan la enhorabuena por el universo que despierta la serie. Documentalistas, archivistas, bibliotecarios, especialistas de todo tipo, historiadores del arte, bellas artes, y un largo etc., se sienten aliviados por el cariño con el que son tratadas sus profesiones desde la vanguardia televisiva que tantas veces les ha olvidado. Podremos discutir cientos de aspectos de la serie, pero creo que no hay ninguna duda de que en El Ministerio del Tiempo son auténticos maestros de los “puntos oscuros de la Historia”. Debido a que la Historia está mayoritariamente indocumentada, tan sólo hace falta usar esos puntos que nada ni nadie pueden afirmar para vertebrar, a través de ellos, todo el discurso narrativo. Se hace evidente la gran maestría en el guión, cuando apoyada en un extraordinario uso de las fuentes documentales juega con estos espacios que llaman a la imaginación. Espacios difusos, soñadores, donde todo y nada pudo pasar, para rodar minutos donde antes sólo se atrevían las leyendas y los cuentos, y ahora entran estos conservadores de las fisuras históricas.

Un producto de estas características es capaz de inspirar a cientos de escritores para crear nuevas historias, narrativas o relatos. Se desarrolla también en los juegos de mesa, por no hablar de la realidad virtual. Además ha conseguido que numerosas instituciones nacionales estén comentando y aportando su propia documentación durante la emisión del programa, medalla que muy pocos productos televisivos pueden contar. Para rendir cuentas, véase Biblioteca Nacional de España, Museo del Romanticismo, numerosas bibliotecas locales, Policía Nacional y Guardia Civil, fundaciones, y un largo etc.

No sabemos si existe o no el futuro para El Ministerio de Tiempo tal y cómo lo conocemos, lo que sí ha dejado claro es que nos quedamos con la sensación de estar ante una serie de gran calidad y enormes posibilidades, completamente desaprovechada al estar sobre una experiencia de ver televisión que no hace otra cosa que hundirse.

Atanasio Pérez Bernal @Aperezbernal

 

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